Tony Stark vs los terroristas

(Con spoilers, como debe de ser.)
$700 millones de dólares: esa es la cantidad de dinero que los especialistas en taquilla calculan puede producir Iron Man 3 después de dos semanas completas de su corrida en cines. ¿A qué se debe este interés global en el hombre de hierro? Luego de la no muy afortunada Iron Man 2 (que a mi parecer no es un fallo descomunal), todo parece indicar que el éxito de The Avengers le dio un empujón al personaje más carismático del equipo. El público quiere saber más de Tony Stark, y no hay cómo culparlos: el tipo tiene estilo, sentido del humor, le agrada a las mujeres y los hombres heterosexuales lo encuentran como “un chingón”. No es el mismo pelmazo egocéntrico de la primera cinta, el Tony Stark en busca de “redención”; ahora solo es un pelmazo egocéntrico en medio de una relación. De hecho, Pepper Potts, su interés amoroso, ha dejado de ser la supersecretaria de los primeros filmes y se nos presenta como una CEO muy moderna y dinámica, con falditas arriba de la rodilla y abdomen trabajadísimo en el gimnasio. Tony Stark, por su parte, ha adoptado su faceta de científico loco, atormentado luego de la invasión alienígena que vimos en The Avengers (y que me parece una real tontería: ¿no es para un superhéroe el pan de cada día enfrentarse a enemigos brutales y salvar la Tierra?) y que, al parecer, le provoca ataques de pánico e insomnios… cuando se combinan la amenaza de un terrorista imparable (el Mandarín, por el enorme Ben Kingsley), una ex novia y otro científico loco que ha preparado ex combatientes semi-invencibles y que escupen fuego, el viejo Tony Stark tiene que ponerse el traje y partir cráneos.
Cosa que no sucede mucho en Iron Man 3. Revisando opiniones, me doy cuenta del frío recibimiento que ha tenido esta tercera película, quizá peor que la segunda. ¿Es porque Iron Man tiene poco lucimiento en cámara, si no es magullado y sangrado o escapando de los baddies en un pueblo redneck? ¿Es porque el Mandarín del cómic es un badass capaz de romperle la armadura a Iron Man a punta de chingadazos, y acá es solo un (maravilloso) borracho mezclado con la leyenda urbana de Osama Bin Laden? ¿Será porque en la escena final, cuando el stash de armaduras de Tony Stark hace su aparición, rompen madres, sí, pero también son destruidas con facilidad? ¿Será porque Guy Pierce suckea un poco y su invencibilidad, ejem, también suckea un poco? ¿Es porque Rhodey the Rhodes es un perfecto estúpido al que le roban la armadura inmediatamente?
Para mi fortuna, porque soy un facilón, caí en el humor pedorro de Tony Stark (“I’m Tony Stark. I build neat stuff, got a great girl, occasionally save the world. So why can’t I sleep?”), en las absurdas escenas de acción (Iron Man con un solo propulsor en la mano madreando thugs), me emocioné con la chingonsísima secuencia de la tripulación del Air Force One cayendo. Hasta se me salió un “guau”. Se agradece que Iron Man se haya movido del millonario berrinchudo del principio de esta trilogía al millonario atormentado que vemos en Iron Man 3. Pero Tony Stark no es Bruce Wayne: algunos dirán que el personaje no tiene la profundidad dramática del caballero de la noche, pero para mí es simplemente para otro tipo de paladar. Iron Man es primavera/verano, Batman es otoño/invierno.
Y además, todo lo que tiene que ver con Iron Man es realmente divertido. El poder “buga” detrás de un macho alfa que se pone una armadura y rompe madres es lo máximo. Ver a Iron Man volar es un regreso automático a la infancia.
Al final, Tony Stark se redime: se quita la metralla del pecho, “cura” a Pepper Potts (eso qué) y se retira del negocio de superhéroe. Me dio un poco de tristeza, pero confío en que el poder de taquilla de Robert Downey. Jr. (quien con esta cinta termina oficialmente su contrato con Marvel) provoque que algunos ejecutivos papaloys en Disney consideren firmarlo para un par de secuelas más. Ojalá.
Los créditos finales son una cosa increíble y a go go, entre The French Connection y Austin Powers. Véanlos completos.
El zorro, la abuela, la niña y la vaca

De todas las felicidades que le depara a uno la paternidad, la que menos esperaba es la que viene con las presentaciones en vivo, sobre un escenario. Festivales navideños, canciones desentonadas (o perdidas en el griterío de dos docenas de gargantas infantiles) para el día de la madre, disfraces escurridos, obras de teatro donde el zorro olvida sus líneas y la vaca parece más entusiasmada por la fila 12 —vacía. Quizá tiene que ver que mi padre nunca fue uno de esos entusiastas de la cámara de video, capturando cada segundo (de los quince) de fama de su crío. De hecho, casi nunca estuvo ahí, en los momentos de gloria —ni en los ridículos. La única vez que anoté un touchdown (recuperé un fumble, nada glamoroso), no estuvo ahí. Me levanté con el balón, triunfante y lo busqué por todos lados pero no lo vi por ningún lado. Bueh, varios años de terapia después me parece haberlo superado. Ahora tengo el empeño de yo no perderme a mi hija en el escenario. Quizá es algo que me viene de ese touchdown que nunca vio mi padre.
Después de pasar años enteros de soltería egocéntrica, intentando probarle quiensabequé al mundo, entre machismo corporativo y bullying empresarial, de hacerte el cool y el smartass y el sabelotodo, llega el momento de sentarse en una silla y ver a tu hija salir al escenario. Hay un poco de miedo y un poco de orgullo (o mucho de ambos). La sensación en el estómago es asombrosa. El zorro, la abuela, la niña y la vaca hacen lo suyo, y el idiota egocéntrico se disuelve. Al menos por 5 minutos.

Miren, me entrevistaron: “La Generación XXX” es un libro de Emily Hind, profesora del Department of Modern & Classical Languages de la Universidad de Wyoming. Emily nació en Estados Unidos, posee un doctorado por la Universidad de Virginia y además es una lumbrera en “mexican studies”, lo que incluye literatura, cine, cultura, lengua española, bla, bla bla. Emily es una persona maravillosamente culta e informada, y hace un par de años (o algo así) tuve a bien tener una larga y jugosa conversación, material que se incluye en este libro recientemente publicado por Editorial Eón. En el volumen se featurean también las entrevistas a escritores AAA (y XXX) como Bef, David Miklos, Alberto Chimal y el tremendo Felipe Soto (quien me roló estas fotos). Lean la contratapa, saliven y búsquenlo, oh aficionados a las letras nacionales.
Dos fantasías

Tenemos dos películas de corte fantástico en el cine, estrenadas con apenas una semana de diferencia, y ambas realizadas por directores favoritos de la gentecilla geek: Sam Raimi, el geniecito que logró una visión coherente de Spider-Man en el cine y Bryan Singer, el wonder boy de Sospechosos comunes y X-Men. A ambos Hollywood les soltó una billetiza (alrededor de 200 millones de dólares por cabeza) y los resultados fueron Oz the Great and Powerful y Jack the Giant Slayer. Esta semana es buena idea darse una vuelta para ver ambas cintas pues los gentíos deben haber bajado considerablemente.
Oz es una precuela (guácala con la subcultura de la precuela, una no tan mala idea degenerada ad nauseam por el marketing de Hollywood) de la legendaria El mago de Oz —que seguramente todos recuerdan pero quizá pocos han visto. El mago de Oz es famosísima por su poderosa iconografía: el camino amarillo, un león cobarde, un hombre de hojalata sin corazón, un espantapájaros sin cerebro, la ciudad Esmeralda, una bruja muy malvada, una niña inocente que la derrota y el mago homónimo del título que no tiene verdaderos poderes. Si a eso agregan la frase “Toto, I’ve a feeling we’re not in Kansas anymore” (número 4 en la proverbial lista de la AFI) y el hecho de que Judy Garland, niña genio del espectáculo, interpretó una de las canciones más memorables de la historia (Over the Rainbow, la número 1 en la lista de la AFI), bueno, es evidente que El mago de Oz es una de esas mamadas más grandes que la vida.
Según tengo entendido, Frank L. Baum, el autor de la serie original de libros infantiles, nunca escribió precuelas. Si me equivoco, encantado de que me corrijan. Lo que he leído es que Baum produjo 13 libros adicionales a The Wonderful Wizard of Oz, la novela original. ¿Qué demonios pasa en Hollywood con la fiebre de las precuelas? ¿En qué momento ganó más valor hacer una película de “orígenes” que una de continuación? Sam Raimi, al verse forzado, quizá, por las necesidades del mercado y los estudios, tuvo que generar material apócrifo y optar por “homenajear” al filme de 1939 de la MGM (con el inicio en blanco y negro, la proporción 4:3, referencias a los personajes originales, etc). Opino que aseguró un guión que no es desastroso, pero sí quizá demasiado infantil. James Franco, tomando el papel del mago de Oz, desechado por Robert Downey, Jr. y Johnny Depp, sobreactúa sus líneas y su carácter “amoral” (un poco atípico para un personaje principal de Disney: es hombre, es mentiroso y es cogelón), aunque no lo encontré odioso. De hecho, me parece en armonía con el tono deliberadamente infantil del relato. Vaya, El mago de Oz es un cuento para niños. En una nota personal, me parece maravilloso que Disney lo haya resucitado para las nuevas generaciones.
Los visuales son hermosos. Mila Kunis apesta. No sabe actuar.
Oz the Great and Powerful se disfruta con pocas pretensiones en la cabeza. Si eres muy adultito, mejor no lo intentes, mamón.

La otra fantasía es Jack the Giant Slayer, una elaborada fábula medieval sobre seres de leyenda, princesas y héroes poco probables que parece ser, en el fondo, solo otro cuento de superación personal de clóset. Ustedes pueden garantizar desde los primeros cinco minutos que el loser que hará las veces de héroe va a superar sus miedos y acabará a) derrotando gigantes, b) salvando el día y c) quedándose con la chica. A diferencia de otros mitos, acá el personaje principal no ha sido llamado a cumplir su destino; simplemente, está en sus manos ser un campesino o un rey legendario. Por eso: superación personal.
Curiosamente, la referencia más inmediata es el famoso corto de Disney, Mickey y las habichuelas mágicas. Las coincidencias son asombrosas: Mickey es un sastre pobretón que obtiene unas habichuelas a cambio de dinero, dichas habichuelas activan sus poderes y producen una planta monstruosa que lo lleva hasta el cielo, a la tierra de los gigantes. Tras enfrentarse a uno de estos seres, Mickey se da cuenta de que tiene un inusual talento para partirles la madre. Al final, se queda con la princesa Minnie y el gigante caído sirve como estructura base para montar una feria. Weeeeeird.
Esa es más o menos la naturaleza del relato de Bryan Singer. La ventaja es que Singer navega por esta anécdota básica durante un par de horas, y las hace muy amenas con suficiente acción y humor.
La otra ventaja es lo que en los países anglófonos llaman el sense of wonder. Hay algo sorprendente en ver a un gigante comparado con objetos y personas de nuestra proporción cotidiana de las cosas. Simplemente es algo que nuestra mente procesa con un honesto “¡OHHH!”. Ello debe explicar el gusto por relatos de robots mecha o reptiles gigantes que destruyen ciudades o monstruos marinos que hunden embarcaciones. Es maravilloso, en serio. Personalmente encontré muy poco natural el detalle cutáneo de los gigantes (parecen hechos de látex chafa: como que les faltaron doce capas extra de rendering), esa falta de “naturalidad” se equilibra con su personalidad viciosa. Son unos hijos de puta: comen humanos y no tienen ningún respeto por otras formas de vida. Tal como en los cuentos antiguos, los gigantes son seres despreciables, asquerosos, viles.
A pesar de ser, en el fondo, una película dedicada al segmento del “entretenimiento familiar”, Jack the Giant Slayer me gustó mucho más de lo que esperaba. Hasta podría decir que me reconcilié con Bryan Singer, sobre todo después de ese bodrio infumable dedicado al Hombre de Acero hace algunos años…





