• k 41 notes
  • 0 tntshank

A veces pienso que mi perro en su otra vida fue una persona llena de compromisos sociales, un hombre de agenda complicada, de altos vuelos jetseteros, cocteles, presentaciones, tránsito aeroportuario rudo, saturado por las responsabilidades que le otorgaba ser socialité. Ahora por eso, en su nueva vida, es un tipo tranquilo, sin pretensiones, con esa mirada apacible, y que busca solo los placeres sencillos, como ver pasar las horas tirado en un sillón, comer una salchicha, buscar un rayo de sol para echarse, salir y oler el mundo.

  • k 8 notes

Relato medieval feat. Sir Gawain

(Lo que sigue lo escuché en el budipodcast el lunes pasado.)

NARRADOR: Hace algún tiempo de esto: Sir Gawain, uno de los más galantes caballeros del Rey Arturo, uno de esos clásicos caballeros de reluciente armadura, decidió salir en busca de aventuras sin rumbo, y se dirigió a territorio uncharted (palabra bella esa de “uncharted”, su definición según Merriam-Webster). Una vez ahí, vagabundeó durante un par de días hasta que halló un estanque. Como espero ha quedado claro, Sir Gawain llevaba un tiempo on the road, así es que le pareció genial la coincidencia de encontrarse con el estanque pues tenía… sed. Así es que se acercó y bebió. Casi de inmediato, se apareció una mujer, la mujer con el aspecto más feo que uno pudiera imaginar. Jorobada, con el rostro lleno de verrugas, la nariz larga y manchada, el pelo desaliñado… Sir Gawain la vio e intentó saludarla, pero la mujer lo increpó:

“Caballero, ¿por qué tomó agua del estanque?”

“Bueno”, dijo Sir Gawain, “tenía sed”.

“Pero el estanque es mío. Y no me pidió permiso de tomar agua de él.”

“No vi a nadie.”

“De todos modos no ha sido muy cortés de su parte hacerlo sin permiso.”

La horrible mujer, esto debe saberlo el lector, no era otra que una de las múltiples formas de Baba Yaga, que también es Kali, y que también es Coatlicue. Una bruja y una diosa, quita y da la vida por igual, de apariencia terrible a la vez es símbolo de sabiduría. Sir Gawain, quien sin duda era un tipo inteligente, pareció reconocer a la aparecida, así es que prefirió dejar de discutir y pedir disculpas:

“Le ofrezco una disculpa, milady”.

“Una disculpa no es suficiente”, dijo la horrible mujer.

“No tengo más que ofrecerle.”

“No, sí hay algo.”

“¿Qué?”

“Casarse conmigo.”

Ahora imaginen el rostro de Sir Gawain: galante, la perfecta personificación de la caballería medieval en un solo hombre, pero descompuesto. ¿Casarse con ese esperpento? ¿En qué momento se había metido en semejante problema?

“Milady, me temo que eso es algo que no puedo hacer por usted.”

“¿Y por qué no?”

Después de una breve pausa, Sir Gawain repuso:

“Si hubiera algo más en mi poder que pudiera hacer por usted para aliviar este agravio, lo haría”.

“¿De verdad?”

“Sí. Lo que sea que esté en mi poder para hacerla sentir mejor.”

“¿Lo que sea?”

“Lo que sea.”

(Quizá en ese momento Sir Gawain pensó: “Preferible negociar que casarme con esta abominación”. O quizá solo pensó: “Ya me jodí”. Eso no lo sabremos nunca.)

“Bueno, hay algo que usted puede hacer…”, dijo la mujer.

“¿Y qué es?”

“Descubrir qué es lo que realmente desean las mujeres.”

“¿Qué es lo que realmente desean las mujeres?”

“Sí. Qué es lo realmente desean las mujeres. Nadie me lo ha podido decir. Pero algo me dice que quizá usted podría averiguarlo.”

Sir Gawain se sonrió y agregó:

“Puedo intentarlo”.

“Tiene un año. Cuando venza el plazo, nos encontraremos aquí y usted me dirá qué es lo que desean las mujeres.”

Sir Gawain aceptó, gustoso. Al regresar a Camelot y compartir su encuentro con la horrible bruja, su patrón, el Rey Arturo, puso a disposición a todos los sabios y académicos del reino para que analizaran la pregunta y llegaran a la respuesta. También mandó hacer un sondeo con todas las mujeres de su reino: a todas se les preguntó: ¿qué es lo que realmente desean las mujeres?

Sir Gawain, aliviado por la ayuda del rey, continuó con sus labores cotidianas. Al paso de un año, tal como había dado su palabra, volvió al estanque.

Ahí lo esperaba la horrorosa mujer.

“Milady.”

“¿Y bien? ¿Qué es lo que realmente deseamos las mujeres?”

Sir Gawain mostró sus hallazgos, sus libros, sus anotaciones, sus estadísticas. Inició una sesuda disertación sobre el tema, agregó y eliminó argumentos, fue vehemente y hasta sonó convincente.

Una vez que acabó, preguntó:

“¿Y bien? ¿He dado con la respuesta?”

La bruja respondió:

“Y… no.”

Frustrado, Sir Gawain se sentó en el césped. Derrotado.

“Se tendrá que casar conmigo, caballero.”

Después de un suspiro eterno, Sir Gawain dijo:

“Que así sea”.

“¡Bien! ¿Qué tipo de boda tendremos?”

“Una ceremonia pequeña. Privada. Solo amigos cercanos. Y familiares.”

“¡No!”, exclamó la bruja. “Usted es un notable caballero de la Mesa Redonda. Una celebridad. Todo el reino debe saber de la boda. Debe ser una gran boda. UNA GRAN BODA.”

Deprimido, Sir Gawain no tuvo más opción que aceptar los términos y volver con su prometida a Camelot. Al verla, pueblerinos, damas y caballeros por igual se horrorizaban ante el aspecto asqueroso y casi malévolo de la mujer. Pero Sir Gawain mantuvo su promesa y dispuso realizar una fastuosa boda que se anunció a los cuatro vientos.

Y así fue. Se casaron.

Y vino la noche de bodas.

Listos ya, sin el ajuar de novios y con ropajes más ligeros, Sir Gawain y la bruja se miraron solos en la habitación que el Rey Arturo seleccionó para los recién casados en el interior de su castillo.

Sobra decir que el pobre Sir Gawain estaba tenso. Muy tenso. Tanto que la horrible mujer le dijo:

“¿Nervioso?”

“Un poco.”

“¿Por qué no le das un beso a tu esposa?”

“Así estoy bien”, exclamó Sir Gawain con una sonrisa falsa, ensayada.

“¿Qué clase de hombre no le da un beso a su recién desposada mujer?”

La bruja se acercó. Su nariz bulbosa, sus verrugas, sus erupciones de acné con puntas blancas, su pelo de elote, tieso y oloroso, sus dientes amarillos y sus labios resecos se aproximaron a Sir Gawain.

Y el caballero, acorralado, solo atinó a cerrar los ojos y pegar sus labios contra los de la bruja.

Muac.

En ese momento, como es de esperarse en este tipo de relatos, la bruja se convirtió en una hermosa dama de facciones perfectas, aspecto juvenil, figura encantadora y rostro angelical. 

Sir Gawain creyó desfallecer ante tanta belleza.

“Su beso ha roto el hechizo, galante caballero. Yo soy su esposa.”

Sir Gawain se arrodilló y tomó de las manos a la hermosa mujer:

“Y yo soy y siempre seré su caballero”.

“Por eso es importante que sepa lo siguiente: este aspecto solo puede mostrarse durante un tiempo determinado. Puede ser solo durante la noche o solo durante el día. Pero usted tiene que decidir. Si elige verme bella durante el día, en la noche me convertiré de vuelta en la bruja que ha conocido hasta ahora. Y si elige verme bella durante la noche, en el día siempre seré una mujer de horrible apariencia.”

Sir Gawain dijo:

“Entiendo”.

“¿Qué va a elegir entonces, caballero?”

Sir Gawain, aún arrodillado, meditó sobre aquella situación. Día o noche. ¡Qué difícil escoger!

Después de un minuto, sin embargo, llegó a una resolución:

“He tomado una decisión”, anunció.

“¿Y cuál será, caballero? ¿Qué le gustaría más?”

“Lo que más me gustaría es… lo que usted prefiera, milady.”

La hermosa dama sonrió y una lágrima corrió por su mejilla. Un resplandor la cubrió, y en ese instante dijo:

“Ha roto por completo el hechizo. Pues ha encontrado la respuesta a qué es lo que las mujeres realmente deseamos.” 

NARRADOR: Así, Sir Gawain comprendió que lo que las mujeres realmente desean es su soberanía. La capacidad de ser respetadas por quiénes son con su propia vida. Cuando las mujeres son tratadas de esta manera, cuando son vistas así por otros, cuando pueden encarnar esa soberanía en ellas mismas: solo así son capaces de florecer en su propia naturaleza.

(Fin.)

  • k 12 notes

Tres objeciones a “Argo” más otros comentarios

(Con spoilers.)

Todo parece indicar que Ben Affleck, una suerte de Robert Redford de los años 2010 (“actor carita” convertido en director), tiene mucho talento como cineasta. En 2010 The Town lo puso en el ojo de buena parte de la audiencia como, ejem, un director de cine en serio (no he visto su debut, Gone Baby Gone, del cual he leído también tiene lo suyo). The Town, basada en una novela, es una épica bostoniana sobre un ladrón de bancos que además roba corazones (búrlense de mi frase, anden), y en ella Ben Affleck, que al parecer tendrá la mala costumbre de autodirigirse, es el clásico Ben Affleck de mirada a la Zoolander y abdomen de lavadero. Pero la película funciona, y de qué manera: es muy dramática y muy emocional. 

Ahora, Affleck se lanza evi-den-te-men-te a la carrera por los Oscar con otra adaptación, pero esta de corte histórico: el rescate de seis ciudadanos gringos que se quedaron varados en Irán cuando el Ayatolá Jomeini derrocó al Shá y sus huestes se lanzaron en modalidad berserker contra la embajada de Estados Unidos. Con ese colorido setentero que me recordó tanto al Munich de Spielberg (sobre el asesinato de los atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de 1972 y su ulterior venganza), pero sin la seriedad y el acento sombrío, Affleck saca a relucir su espíritu geek (recordemos que el tipo es un aficionado al cómic) y nos relata con un montón de recursos la “extracción” de los seis gringos gracias a un plan genial, tan genial que parece de ficción.

Argo, a cosmic conflagration se lee en el póster del filme falso que monta la CIA para hacer creer al nuevo gobierno iraní que un crú hollywoodense quiere hacer un scouting de locaciones en Teherán. Affleck, en su papel de Tony Mendez, operativo de la CIA, se hace pasar por el productor de la cinta y arma en tiempo récord un montaje de pre-producción con auténticos trabajadores de la industria (Alan Arkin y John Goodman, maravillosos en sus papeles) para darle credibilidad al asunto. Claro: van a filmar Argo y necesitan actores, locaciones, prensa… todo el numerito. El único que parece creer en su estúpidamente genial idea es un godínez de la CIA encarnado por Bryan Cranston, el químico canceroso de Breaking Bad. Bueno, algunos altos oficiales del gobierno también creyeron en él pues le dieron luz verde al proyecto. Y sí: Argo está INSPIRADA EN HECHOS REALES, así es que… carajo, más o menos así sucedieron las cosas. Los seis gringos fueron rescatados (se escondían en la casa del embajador canadiense en Irán), medallas fueron entregadas… todo es felicidad al final.

Esa es mi primera objeción: el final es azucarado. Demasiado azucarado. Ya saben: musiquita de piano, sentimientos exacerbados de paternidad, reencuentros, el texto de “qué pasó con los personajes” asomándose en lentos fade-ins. Después de ver The Town, uno pensaría que Ben Affleck no haría un final lacrimógeno a la Spielberg en sus películas, pero lo hizo. No me gustó.

Mi segunda objeción es un asunto de verosimilitud que tiene que ver con unos boletos de avión. Inverosímil, tratándose de 1980. Pero eso no lo voy a explicar.

Mi tercera objeción es la más fuerte: Ben Affleck es un costal de papas en Argo. Tengo la sospecha de que el tipo está tan acostumbrado a verse así, y a sonreír así, que en este descarado intento por competir por un Oscar concluyó que tenía que verse así. Con un personaje poco o nada carismático, sin sentido del humor, sin mucho poder de convencimiento. El resultado: Argo carece de un sólido personaje principal, el cual (por cierto), es devorado escénicamente cada vez que Mr. Breakingbad aparece en escena. No solo porque Bryan Cranston es un chingón, sino porque parece una persona viva que gesticula, se alegra, se enoja, parpadea… si a alguien pueden nominar es a Cranston. Pienso.

El desenlace de Argo es muy tenso. Mi novia y yo nos devorábamos las uñas en las escenas finales, puro nerviosismo cinematográfico de aeropuerto como no se veía desde Expreso de medianoche. Lo cual es maravilloso, y confirma, al menos para mí, que Affleck es un buen director de cine. Solo esperemos que para su próxima película contrate a otro actor para el rol principal.

Y ojalá no sea Matt Damon…

  • k 6 notes
  • k 11,213 notes
  • 0 monstrecharmant
  • 1 actnormal

Algo sobre Moonrise Kingdom

(Miren, Wes Anderson puede pasar sin problemas como uno de los personajes de sus propias películas. Weird.)

El mundo de Wes Anderson es uno lleno de detalles: libretas artesanales, props ilustrados a mano y ex profeso para una escena, tenis Adidas manufacturados para un personaje, artículos bordados, letreros públicos escritos con tipografía Futura, portadas falsas de libros, iconografía retro, objetos y costumbres olvidadas: tocadiscos de 45 rpm, padres que fuman en la misma habitación de sus hijos… para apreciar el cine de Wes Anderson hay que apreciar también su obsesión por los detalles. Habrá quien llame a esos detalles pura melcocha hipster, pero la verdad es que lo “hipster” es tan relativo y está tan quemado, que dicho adjetivo se queda corto. Pero eso ustedes ya lo saben. Moonrise Kingdom, una historia clásica de dos “star crossed lovers” en plena euforia hormonal, sucede en un 1965 que podria ser 2012 en un lugar construido, una isla en las costas de Nueva Inglaterra. Esta isla, de nombre New Penzance, funciona como una casa de muñecas donde Wes Anderson coloca sus obsesiones estéticas al lado de sus personajes extravagantes: objetos y personas aderezados con una peculiar selección musical –que como es tradición en sus filmes, siempre extraña y sorprende, aunque no siempre para bien–: Leonard Bernstein, Hank Williams y un score original de Alexander Desplat. 

Luego de su muy personal adaptación del relato de Roald Dahl, Fantastic Mr. Fox, Anderson volvió al terreno de los guiones originales. He pensado que no sé cuánto tiempo pueda sostenerse su estilo de hacer cine sin que el público y los reseñistas le caigan encima con todo el peso de la aburrición. Habrá quienes lo odien por esquemático, repetitivo y, duh, hipster. Pero hay que reconocerle que tiene una forma de hacer las cosas como no muchos narradores pueden presumir: a su manera. Que es otra manera de decir “original”.

Su Moonrise Kingdom es más “Tenenbaum” que “Darjeeling”. La isla de New Penzance está retacada de gente con problemas para comunicarse con otras personas, gente neurótica con vidas simples, quizá mediocres; los dos enamorados, sin embargo, están lejos de perseguir una existencia mediocre. Luego de un flechazo instantáneo (¿no es maravilloso el amor a primera vista?) coronado por un glorioso “No… I said… what kind of bird ARE YOU” que le propina el chamaco a la chamaca, los dos amantes planean fugarse, y lo hacen epistolarmente. Con cada carta, el amor crece y el plan se concreta. Finalmente lo logran, y sus, no sé, 24 o 48 horas de locura, se traducen en una especie de tour de force adolescente al Reino de la Salida de la Luna del título. Lo cual es muy bello, muy personal, muy romántico. Tiene que llegar la última escena de la película para entender qué diablos es el Moonrise Kingdom, o al menos darse una idea… quizá solo para sentir algo en el estómago. Ese es el trabajo de Wes Anderson: hacerte sentir eso en el estómago en el momento en el que caen los créditos finales.

O quizá ese sea el trabajo de cualquier director de cine que cuenta historias humanas.

  • k 19 notes
timemagazine:

Who should be TIME’s 2012 Person of the Year? 
 Cast your vote here for the person you think most influenced the news this year for better or worse.  (Photo: Baumgartner, Douglas, Clinton, Mayer, Obama, PSY, Ryan: Getty Images; Morsy: AP; Yousafzai: Corbis)

timemagazine:

Who should be TIME’s 2012 Person of the Year?

Cast your vote here for the person you think most influenced the news this year for better or worse.

(Photo: Baumgartner, Douglas, Clinton, Mayer, Obama, PSY, Ryan: Getty Images; Morsy: AP; Yousafzai: Corbis)

  • k 134 notes
  • 0 timemagazine
andersennow:

Apuntes de un Joven Werther.

andersennow:

Apuntes de un Joven Werther.

  • k 210,653 notes
  • 0 andersennow
  • 1 terrinitup

Algo sobre Skyfall, Bond y la adorable Moneypenny

Al parecer, Bond 23, comercialmente titulada Skyfall (u “Operación Skyfall”, titulada en México por alguien que quizá no vio la película) ha sido ampliamente aceptada por cinéfilos, espectadores casuales y fans from hell del 007. La sencilla pero efectiva campaña de la familia Broccoli a propósito de los 50 años de la serie debió funcionar: maratones de Bond en la tele, celebraciones y homenajes, alfombras rojas, el hermoso arte de la nueva película diseñado por Empire Design

Cuando Pierce Brosnan (el primer Bond que no fuma), parecía haber inclinado demasiado al personaje hacia un tipo de glamur ñoño que apelaba a tías y milfs, la controversial selección de Daniel Craig (el primer Bond rubio) y un guión pensado en darle reboot al 007 desde el peligroso terreno de las “precuelas”, reinstaló al agente británico en nuestras imaginaciones y lo presentó a las nuevas generaciones con un estilo más sucio y sin tantos gadgets, pero también sin perder su status de hombre internacional de misterio, elegante y jetsetero. Con Casino Royale (mi reseña aquí) el nuevo cine de Bond maduró también en su factura: más ágil, más contemporáneo, más violento. Personalmente, pienso que ese filme es el mejor en los 50 años del 007 en el cine. Quantum of Solace nos quedó a deber (mi reseña aquí), pero tampoco fue un retroceso a algo horrible como Tomorrow Never Dies.

Tengo algunos años quejándome de que el problema de Daniel Craig es su pésimo sentido del humor: le escriben los one-liners pero el pobre tipo no los sabe actuar con gracia. Su fuerte, evidentemente, son las escenas de acción –y para damas y público gay, mostrar el abdomen con cara de “te voy a coger”. Habrá que recordar, sin embargo, que el carácter esencial del 007 lo estableció hace 50 años un tal Sean Connery: rudo aunque romántico, siempre al servicio de Su Majestad aunque nunca le dice que no a una escapada sexual con una jeva. Así podemos resumir a James Bond, pero para ser justos, hay dos formas de interpretar esta visión: la de Sean Connery y la de Roger Moore. Craig es como Connery —Brosnan es como Moore (de Timothy Dalton mejor no hablamos).

La sutil diferencia entre Connery y Craig es que el primero era un cabrón más elegante: miren esta escena de Dr. No donde inaugura su tradicional coqueteo con Moneypenny.

La justificación del Bond cavernícola de Craig debe venir, me parece, del ambiente precueloso de sus tres primeras películas. Un Bond arrebatado, sin tanta experiencia, y con una especie de “Edipo reprimido” por M (Judi Dench). Skyfall me pareció innecesariamente larga, con chicas Bond mediocres y un villano memorable con un plan estúpido (¿para qué tomarse la molestia de hacer un plan elaboradísimo para matar a M cuando puedes meterle un balazo en la fila del cajero automático?). Además, la ñoñería de Bond en Skyfall es brutal: escenas inverosímiles e innecesarias, situaciones de peligro ridículas y dragones de Komodo. 

Pero extrañamente funciona. El secreto de Skyfall radica en cómo se cierra el círculo del Bond de Craig y lo conecta con el Bond de Connery. Conocemos a la nueva Moneypenny y al nuevo Q (ausentes en filmes pasados), y Ralph Fiennes es simplemente perfecto como M. Según Empire Magazine, Daniel Craig volverá en Bond 24 para 2014. Y ya se confirmó que filmará Bond 25. Así es que la mesa está puesta.

La última escena de Skyfall hace un descarado guiño al filme original de 1962 y nos lleva a preguntarnos: ¿acaso James Bond ahora se enfrentará al Satánico Dr. No del siglo XXI?

Lo cual, para el nerd que escribe, sería pura y total felicidad cinematográfica.

  • k 15 notes
  • k 2 notes