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Sobre escribir (2)

Este post versará sobre los hechos circundantes al hecho de escribir. Sitios. Contextos. Situaciones. Herramientas. Disciplina. Verdades.

Tan importante como tener algo de qué escribir es escribir en las condiciones que hagan sentir mejor al autor. Por supuesto, no hay reglas escritas en mármol, pero sí una serie de ideas básicas que tienen que ver con el ejercicio básico de imaginar una historia y desarrollar las habilidades esenciales para ejercer esa habilidad de manera artificiosa y eficiente en una hoja de papel (o en una hoja electrónica, para el caso).

El cuerpo humano es una masa ordenada de músculos, grasa, líquidos (unos más viscosos que otros), huesos, pelos y otros tejidos. A pesar de que los documentales de la televisión y la “sabiduría popular” (whatever that means) nos recuerda que se trata de una “máquina perfecta”, debemos alimentarla, cuidarla y aceitarla. El hecho de escribir implica ser mindful del cuerpo y estar conscientes del momento presente en el que estamos tecleando o dibujando garabatos en una libreta. No es igual sentar las nalgas en un piso frío y húmedo que en una silla cómoda y seca. No es lo mismo escribir en un cuartucho supuestamente “bohemio” que en una habitación propiamente iluminada y ventilada. El cuerpo del escritor resiente o asiente el sitio en el que se coloca a imaginar sus historias. Leer es un ejercicio mental,  como decía Nabokov, y escribir también; sin embargo, no hay mente lúcida detrás de un cuerpo idiota.

No estoy diciendo que el escritor deba ejercitarse o mantenerse en excelente forma física. Ejemplos sobran de escritores ebrios, panzones y farmacodependientes, alejados por completo de cualquier indicador de salud de la OMS. Existen algunos ejemplos de escritores deportistas, por supuesto, el más notable el del egregio Haruki Murakami, quien además de novelista es corredor de ultramaratones. Pero son los menos. Son eso: caso notables.

Yo me refiero a mantener el cuerpo en una situación idónea para escribir. Habrá quien me diga que el piso frío y húmedo es ideal para él; quizá se trate de un faquir. Los demás escritores necesitamos una serie de condiciones importantes, a saber:

1) Una silla cómoda, 2) Una habitación bien iluminada y ventilada, 3) Una hidratación constante, 4) Un procesador de texto poco intrusivo, 5) Un método de “capitulación” interna, 6) Tiempo para concentrarse.

Las dos primeras, creo, no necesitan mayor explicación. De la tercera condición se puede apropiar el agua, el licor, la cerveza o el café, pero debo decir que, aunque soy bebedor de cerveza al momento de escribir, que una buena sesión no se puede completar sin al menos dos litros de agua. Combinen su whiskey o su absinthe con agua, si quieren, pero agreguen agua a la mezcla. Su cuerpo lo agradecerá.

El procesador de texto es importante. Hace las veces de máquina de escribir de nuestros tiempos, es la página en blanco electrónica y donde todo sucede. Software horrible como Word, lleno de barras de herramientas, distrae y complica. El escritor no necesita acomodar márgenes, elegir tipografías o interlineados de párrafos a la hora de crear un mundo imaginario. Las únicas herramientas esenciales son las que se tienen en el teclado. El uso de bold, itálicas, versales o subrayados son lujos, son add-ons. Cuando los escritores escribían en máquinas de escribir golpeaban una página con las teclas y cada tecla representaba un valor, una letra, un signo, una máyúscula. La edición se hacía más tarde. Es igual con el procesador de textos actual. No necesitas más que poner atención en lo que estás escribiendo. Esto incluye el uso del navegador web a la hora de escribir. Celebro que se use con fines enciclopédicos, como un diccionario de mano, no como una distracción pedorra. ¿Por qué querrías leer tuits idiotas de alguien que no conoces cuando en tu página está naciendo la alquimia peculiar de un mundo creado, imaginario, rico y vivo y tan real como tú desees que sea? Deja los tuits idiotas para otro momento del día. No para el momento de escribir.

En mi experiencia, hay que desconfiar de las aplicaciones que prometen “notas”, capitulación sofisticada o que supuestamente estén hechos a la medida para novelistas. No sirven para nada. A mí me sirve Pages de Mac OS X porque es muy simple. Google Docs es ideal para cuentos cortos; para relatos de más de 100 cuartillas, dificulta la navegación entre páginas porque hay que ir página por página para hallar algo que se escribió uno o dos meses antes.

Ahora, el método de capitulación interna. Es mucho más simple de lo que suena: se trata de cualquier artilugio que permita hacer pausas en el flujo de escritura. Funciona porque proporciona ritmo, un vaivén, da la sensación de movimiento, de picos y valles, de subidas y bajadas. Ejemplos: un cigarro, una chaqueta, una canción, algo en la tele, un libro. Se trata de una pausa ex profeso, un alto voluntario e intencional.

Un cigarro adentro de la página perpetua el momento de escritura. No lo condeno, simplemente no sirve para este propósito porque le da continuum al vuelo. Un cigarro afuera de la página, salir, voltearse, mirar hacia adentro, mirar lo que hay en la calle, y fumar, fumar, fumar, ayuda a romper el ritmo pero de una manera educada. Volver a la página es simple siempre y cuando esa fumareda no se convierta en una peda y la pausa no dure demasiado. La masturbación sirve el mismo propósito; parar y jugar videojuegos treinta minutos, práctica que he hecho en sesiones de más de doce horas de escrituras, revitalizan el ritmo del escritor. Leer tiene el mismo efecto. Poner una película. Cambiar la canción. Muchos escritores escriben con música, y la razón es simple: provee ritmo. Nada más que eso. Olviden el “sabor emocional” de una canción en un capítulo, es más un asunto de ritmo. Yo suelo escuchar 20 o 25 o 30 veces la misma canción. Y luego la cambio. He ahí mi corte. Mi cue. Tiempo de cambiar el ritmo. Escribir es como bailar. Aunque yo quisiera bailar tan bien como escribo. :P

Finalmente, tiempo para concentrarse. El ejercicio de escribir puede ser agotador. Para mí, una sesión de escritura solo puede valer la pena si dura al menos 8 horas. Para concentrarse necesitas el tiempo. La soledad. Difícilmente podrás escribir algo si tienes la casa llena de gente interrumpiendo e irrumpiendo con ruido, ruido que no es el tuyo. Socialmente, esta es la parte más complicada de ser escritor. Nadie en su sano juicio va a entender por qué quieres estar solo frente a una página de papel en blanco que vas llenando poco a poco con letras. Con mundos imaginarios. Con gente que no existe. Y si no lo haces constantemente, diligentemente, se te va a escapar. Tienes que estar ahí, de preferencia a diario, en ese mundo. Ahí, ahí. Tienes que estar ahí. Existe el anhelo oculto de que existiera una fórmula menos dolorosa, que una novela surgiera rápidamente, como meter palomitas de maíz industriales en el horno de microondas. Pero no es así. Escribir es naturalmente lento porque hay que describir personajes, lugares y situaciones. Todo es mental. Y porque hacerlo con las manos cuesta trabajo. Y es pachorrudo. Esa es la verdad. Esa es la naturaleza del oficio. Si has decidido escribir es porque la energía de crear esos mundos imaginarios es más fuerte que tú. Esa es la verdad. Esa es la belleza de todo esto. Pero es un mundo solitario. No me puedo imaginar escribir acompañado. Escribir es un acto de soledad. De ver el mundo interior y ver el mundo exterior, es “juego, trabajo, actividad ascética. Confesión. Experiencia innata”, parafraseando a Paz. “Enseñanza, moral, ejemplo, revelación, danza, diálogo, monólogo.”

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Sobre escribir (1)

Tantas cosas que disfruto en la vida: los dos minutos finales de un partido apretado de la NFL, las nalgas femeninas, la cerveza fría en la tarde, el olor de las revistas recién llegadas de la imprenta, la risa franca de mi hija, el olor a perro de los perros, el dorado momento en que encuentras un billete arrugado en una chamarra. Así podría pasar horas, enumerando pequeños goces que me harán extrañar este mundo cuando me toque largarme, pero prefiero concentrarme en algo que disfruto y que hago todo el tiempo: escribir. Por mi trabajo y por la época en la que vivo, escribo todo el tiempo. En el móvil. En el Gtalk. En el mail de la oficina. En libretas. En el Twitter y el Facebook –aunque esos pequeños impulsos de escritura duran poco y no producen tanto placer. También de repente escribo artículos de interés general para algunas revistas, o posts como este para mi blog u otros blogs por ahí. Y también escribo ficción. Me gusta producir comedia y un tipo de “ficción especulativa” que no he acabado de definir muy bien. Antes me gustaba mucho el cuento, y luego moví mi energía a la novela. Mis esfuerzos se trasladaron del énfasis en el estilo (un estilo adolescente y arrebatado e irresponsable con el que escribía a fines de los ochenta y principios de los noventa) al disfrute lento y sabroso de la estructura. El gozo irremediable de montar el andamiaje y sobre eso ver crecer la historia, los personajes, a dónde se dirige la acción, observar escenas que la musa te susurró meses o años atrás.

En la construcción de una novela, la proximidad emocional es clave. Sentirte cercano y familiar con una historia y un setting en el que pasarás mucho tiempo es tan importante como sentirte cercano y familiar con una persona con la que compartes una casa. Proximidad emocional, que no devoción (no creo que el apego escriba buenas historias), pero tampoco neutralidad (si desaparecen las ganas de cogerte tu propio libro deberías ponerte a buscar otra historia).

En el proceso de escritura, sin embargo, se entremezclan decisiones frías. Algunos días lejos del manuscrito o una opinión de un tercero ayudan a ver las cosas desde otro ángulo. Con la cabeza fría se juzgan mejor escenas demasiado largas, chistes no tan graciosos, personajes irrelevantes, situaciones que taponean el avance de la historia. Todo esto tiene que ver con la parte de “montar el andamiaje”: estructurar una historia y súbitamente mirar cómo se desenvuelve con fluidez. Esa parte es bella. Casi un jodido milagro, como mirar asombrado que el Frankenstein en el que trabajaste tanto tiempo sí logró levantarse y caminar. It’s alive, dude.

Pero todo esto implica adelantarme a los trucos del tejido de una historia, del oficio artesanal que consiste en lograr que un relato funcione. Estoy dando por hecho que dicho relato tiene un pelo de originalidad, de espontaneidad, de inspiración.

Hoy leí por qué el exceso emocional es esencial para escribir. La premisa básica es: el gran arte se nutre de las emociones más intensas, del terror, del amor desencajado, de la soledad, de las pérdidas. Tiene sentido: la fuerza emocional de escribir bajo la influencia de una mujer que nos rompió el corazón es más poderosa que, no sé, salir a comprar cigarros (o el pan, para el caso). Sin embargo, algo intenso, un exceso puede venir de la anécdota simple de salir a comprar cigarros. Es la energía con la que fabulamos una experiencia. Anaïs Nin, la divina autora francesa, dice que no hay que tener miedo de sentir fullness, pues se trata de una fuerza natural que nos arrastra a las experiencias y después a escribir. Sí: uno puede escribir sobre una o muchas experiencias fantásticas o cotidianas, o solo fabular sobre ellas. Pero lo importante es hacerlo lleno. Pleno. Sin miedo de liberar el fullness.

En el contexto del budismo Shambhala, el fullness de Anaïs bien podría cruzarse con el llamado lungta, una palabra tibetana que quiere decir “caballo de viento”, windhorse, una energía vital que nos conecta con nuestra bondad básica, y que puede cabalgarse y dominarse. El maestro Trungpa escribió: “La experiencia personal de este viento es un sentimiento de sentirse completa y poderosamente en el momento presente”. No he hallado mejor definición de arribar a ese lugar a donde el escritor puede llegar, y llegar solo, completamente lleno de windhorse, ese lugar al que se accede normalmente después de un buen tiempo de experimentar soledad. Y cuando se está ahí, hay que escribir sin ser “miserable con tus pensamientos y sentimientos”, como dice Anaïs.

Lo que un escritor necesita es escribir. Escribir, escribir y escribir. A pesar de que todos te digan que no pierdas el tiempo. O a pesar de que no tengas tiempo. A pesar de que las palabras salgan rancias al principio, o en muchos principios. Escribir da oficio, disciplina y crea hábitos y habilidades esenciales para domar el windhorse. Escribir libera, aniquila el miedo, cura la gripe, el acné, la alopecia, enaltece, es un fin en sí mismo, da “conocimiento, salvación, poder, abandono”, parafraseando a Paz, y “revela este mundo; crea otro”.

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Luna

“Sister moon, will be my guide / On your blue, blue shadows / I will hide”, dice una canción de esas que la gente le canta a la Luna. A la Luna también se le ladra, se le culpa de las mareas, los crímenes y los súbitos cambios de humor de los amantes. Todos hemos volteado a verla por las simples razones de que está arriba de nosotros, y porque suele brillar de noche. En un mundo que solo tiene un satélite, nuestra relación con él se vuelve especial, estrecha, inolvidable (quizá así sucede con los hijos únicos). Solo hay una Luna y quizá por eso escribimos su nombre en mayúsculas. Y le hacemos canciones. Y discos sobre su rostro oculto. Y nos imaginamos historias. Y mucha gente soñó y sueña con estar ahí, con caminar en la Luna. Yo nací cuando alguien ya había caminando en la Luna, así es que cuando era niño justificadamente (y alimentado por atlas y libros de National Geographic) me imaginaba que yo también podría llegar ahí. Primer niño en la Luna. Primer perro en la Luna. Primer hotel en la Luna. Primer político corrupto en la Luna. La Luna era la nueva frontera, pero el fin de siglo, los intereses verdaderos de los adultos y las crudas realidades de la economía nos alejaron de la Luna. A mis 39, no he ido a la Luna y no creo ir nunca. Tenemos megaembotellamientos, notificaciones push, búsquedas instantáneas y los aerosoles ya no dañan la capa de ozono, pero no podemos ir a la Luna como quien toma a su familia y da el acapulcazo. No me quejo tampoco. La vida es dulce a pesar de todo. Hoy murió Neil Armstrong y me acordé de aquellos sueños espaciales, de cómo alucinaba con probarme un traje de astronauta, con salir a caminar afuera del shuttle Columbia, dar brincos locos de baja gravedad en la Luna…

El mejor regalo de Collins, Aldrin y Armstrong fue ayudarnos a imaginar, sí.

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Every Hitchcock Cameo Ever.

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readyforsomefootball:

Oscar Pistorius runs with 5-year-old Ellie May Challis. Images taken from here, photographed by Andy Hooper. Find out more about Ellie May and her run with Oscar here.

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Por qué “Paranorman” es la película animada que hay que ver este verano

Quizá ustedes no se hayan percatado de ello, pero Phil Knight es la persona que le inyecta dinero a Laika. Phil Knight es el magnate fundador de una pequeña empresa llamada Nike, Inc., y al igual que ese otro magnate visionario, Steve Jobs, decidió invertir en una compañía de animación. Esa compañía se llama Laika. Sin embargo, mientras que en Pixar han hecho de la animación por computadora el estándar de la industria, los tipos de Laika tienen una obsesión con el stop-motion, es decir, animar los movimientos en pantalla foto por foto, con modelos y escenarios producidos a mano. Hasta ahora, el gran éxito de Laika había sido esa joyita llamada Coraline, la adaptación de la célebre novelita de Neil Gaiman. Y ahora, de la mano de Sam Fell, quien antes de dirigir  Desperaux en 2008, se entrenó en las artes ninjas de la animación con los genios británicos de Aardman (Peter Lord, Nick Park, etc.), han hecho una sorprendentemente sólida cinta sobre zombis, geekería y el pequeño viaje de un chamaco que pasa de cero a héroe.

El argumento de Paranorman es muy claro, se va derechito y no se desvía en sus intenciones: un niño, Norman, puede ver gente muerta (a la Sexto Sentido) y uno de estos muertos, su tío, le advierte que se viene una catástrofe encima del pueblito de la Nueva Inglaterra en el que viven ––ni más ni menos que la maldición que una bruja echó varios siglos atrás y que consiste en que los muertos reanimen y salgan de sus tumbas. El maldito apocalipsis zombi, claro. Y nadie le cree al chamaco, claro. De hecho, es un geek del cine de terror-scifi que es acosado por el bully local. Paranorman cuenta esta historia en un tono infantil, sí, pero con gran sentido del humor (que parece heredado de Wallace y Gromit, los hijos pródigos de Aardman). En verdad: hay un par de gags que me parecen legendarios (el de la máquina de dulces, sobre todo). La película distingue perfectamente a los personajes y tiene su lado emocional, tiene su corazón. Después de todo, es una cinta familiar de verano.

Sin embargo, hay algunas lecturas de fondo para comentar: cuando se desata el brevísimo apocalipsis zombi, que no es nada gore ni grotesco, sino humorístico, los personajes principales se van a encerrar al edificio del ayuntamiento. Los zombis (que resultan ser benévolos) han sido atacados por la multitud enardecida –que ha respondido muy violentamente ante su presencia– y huyen. En cierto momento, la multitud se dirige al ayuntamiento, pensando que ahí están los zombis encerrados. El momento es comédico: los de adentro piensan que los de afuera son zombis, y los de afuera piensan que los de adentro son zombis. La multitud empieza a atacar el edificio, a romper las ventanas, a querer derribar las puertas con lujo de violencia. Se trata de gente irracional, violenta, capaces de lo que sea. En ese momento, cuando los humanos “normales” se comportan como los zombis, dije “ay güey”. El tipo que escribió Paranorman entiende muy bien el cine de Romero y las motivaciones detrás de la subcultura de los undead. Los zombis somos todos aquellos mass media que nos dejamos llevar por las modas, el asalto de la televisión y la radio, y ahora por los retuits de odio, el hashtagueo indiscriminado, el trending topic como modo de vida. El zombi no aprecia la diversidad: de hecho, al pobre Norman lo discrimina el pueblo entero porque es un freak. Y como dicen en Hellboy: “All we freaks have is each other”, clásica respuesta al hecho de que lo diferente nos da miedo, preferimos las cosas predecibles, bonitas y en color rubio oxigenado…

Por eso amé Paranorman. No solo porque es realmente muy entretenida y se nota el cariño y la pasión de una bola de cabrones HACIENDO PELÍCULAS A MANO EN PLENO AÑO 2012 (lo cual amerita un gran aplauso), sino porque tiene el mismo poderoso tema de fondo esencial de las literaturas geek como X-Men: la lucha de aquellos que son diferentes por ser aceptados en una sociedad que no admite lo diverso.

^_^

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“Hay una serpiente en mi bota” y otras impresiones sobre The Dark Knight Rises

(Con lujo de spoilers.)

La premisa es la siguiente: Batman es un prófugo de la ley y durante los últimos ocho años nadie sabe nada de él. Bruce Wayne, el parco millonario guapísimo-traumado, está disminuido física y financieramente. Lo cual es una manera decente de decir que se ve MUY JODIDO. Un nuevo terrorista de nombre Bane llega a Ciudad Gótica, la urbe que Batman protegió y que ahora lo condena por la muerte de Harvey Dent, el procurador de justicia con alma de caballero de armadura plateada que vimos en The Dark Knight de 2008 (lean mi reseña de TDK aquí). Bane es un mameitor de gimnasio con un bozal que le proporciona algún tipo de life support a la Darth Vader, y también es un tipo muy inteligente –e informado. Somete a la policía de Gotham, le truena la espalda a Batman –aunque no lo deja parapléjico, ojo– y lo manda a un agujero-prisión infernal, y elabora un plan de anarquía y destrucción masiva en tiempo récord.

Bane, esto lo saben quienes hayan seguido el cómic, es el famoso personaje que deja a Batman en silla de ruedas, un arco argumental de “shock” empleado por DC Comics luego del éxito de la serie en torno a la muerte de Superman. Su aspecto original es poco serio, como una masa de músculos y venas sobrecogidas por anabólicos que, además, se disfraza como luchador del pancracio. Joel Schumacher lo volvió todavía más ridículo y estúpido en Batman & Robin, y aunque la serie animada lo estiliza un poco, no deja de ser un bruto sinseso (aunque tengo entendido que en el cómic tiene el IQ de un genio) que solamente sabe inyectarse venom en la nuca y patear traseros, romper puertas y gritonear I WILL BREAK YOU! Es un personaje simple, guapachoso y… bueno, infantil.

Chris Nolan, sin embargo, ha convertido a Bane en algo considerablemente más interesante. De entrada, no se inyecta venom. Está musculoso, sí, pero no es grotesco (es personificado por Tom Hardy, uno de los miembros del escuadrón de ladrones de sueños de Inception), lo cual, sin embargo, tiene el efecto de disminuir la sensación amenazante. La máscara de luchador ha sido reemplazada por un bozal que, además, parece tener una bocina integrada –su voz suena sintetizada, ya saben, como en “hay una serpiente en mi bota”. Con todo, Bane es badass. Sí, tiene don de mando. Sí, posee buena dicción y sabe dar discursos. El problema es que no es convincente. Hay algo en sus palabras que… meh.

He querido empezar este pequeño rant hablando de Bane porque es inevitable pensar que hace cuatro años Heath Ledger hizo historia al re-imaginar al Joker como algo más que un villano, algo más que un psicópata. Ya saben, un agente del caos. Si la ya legendaria actuación de Ledger no es suficiente argumento, pensemos un poco en los diálogos que le escribieron, en esos maravillosos one-liners: 

“And I thought my jokes were bad”.

“This is what happens when an unstoppable force meets an immovable object”.

“If you’re good at something, never do it for free”.

“I’m not a monster. I’m just ahead of the curve”.

Y mi favorita:

“Do I really look like a guy with a plan? You know what I am? I’m a dog chasing cars. I wouldn’t know what to do with one if I caught it! You know, I just… do things.”

Parece que TDK fue escrita para el Joker de Ledger, para que se devorara la película y dejara a Batty opacado y en una esquina. Y así sucedió, eso es historia que todos conocemos. En TDKR, los one-liners de Bane no se asoman ni de lejos a los de Joker. Ya no digamos la actuación. Claro que no todo es culpa de Hardy: es difícil juzgar el desempeño de un actor cuando le tapas la boca durante 2 horas con 40 minutos.

Más allá de eso, y esta es la razón principal por la que no fui muy fan de TDKR, Bane no parece tener convicción en sus palabras. Es un buen orador, pero no parece estar realmente convencido de sus motivos. Quizá el problema radique en que no tiene motivos claros: después de una buena hora y media de película, cabe preguntarse ¿por qué diablos Bane quiere destruir con una bomba atómica a Ciudad Gótica, desaparecerla completamente del mapa? No es claro. ¿Solo porque es malo, o la maldad encarnada como dice uno de los personajes secundarios? Puede ser, pero uno de los problemas de Bane (en ese caso) es que la propia serie nos enseñó que hay algo más peligroso que un tipo malo, y eso es un tipo loco. Un loco sin un plan. Alguien que solo quiere “ver arder el mundo”. Bane tiene todo el currículum de un hijo de puta sanguinario: Liga de las Sombras, nacido en una prisión olvidada, expulsado de entre los más malos… pero aún así, ¿cuál es su motivación? Revisando la historiografía del cómic y el cine pop, el villano (y el antihéroe, para el caso) siempre tiene motivos contundentes que justifican sus acciones, como la venganza (la novia de Kill Bill), la obsesión (Kickass), la envidia (Cómodo en Gladiador) o la locura (Joker). También existen en la ficción las “fuerzas de la naturaleza”, esas que solo vienen a destruir para crear (como Cthulu o Godzilla), pero evidentemente tampoco es el caso. ¿Cuál es la motivación de Bane? ¿Servir los intereses de la hija loca de Ra’s Al Ghul? Qué decepción.

Sí, esta sensación se agudizó cuando se revela, en un giro a la Scooby Doo, que la hija de Ra’s Al Ghul (la Marion Cotillard) es la master of puppets, lo cual deslegitima aún más a Bane, quien ahora sí no puede superar su estereotipo de chalán/guarura. Supongo que de esa manera se le da sentido a la falta de convicción del personaje durante toda la película, pero ¿valió la pena el “giro de tuerca”?

La Cotillard cumple, por supuesto. Michael Cane, como el padre putativo de Bruce, cumple. Gary Oldman como Gordon cumple. Morgan Freeman, el Q de Batman, cumple (como siempre). ¿Y Anne Hathaway? Forzada en su papel sexy gatubeloso. Si por algo brilló la Gatúbela de Michelle Pfeiffer (y ustedes disculpen la predecible comparación) fue porque su sobreactuación encajaba a la perfección con la atmósfera artificial, ochentera y pop que produjo Tim Burton para aquel Batman Returns de 1992. Esta Gatúbela se siente fuera de contexto en la serie de Nolan, cual apunta al realismo y la humanidad de los personajes. Vaya, ni siquiera tiene un backstory fuerte que le dé sostén. Pero se le ven sus nalguitas cuando monta la Batimoto.

Christian Bale da su mejor interpretación en las tres películas, pero quizá también porque su personaje tiene más juego. Resucita un par de veces (cuando sale de su exilio a la Howard Hughes y cuando regresa de la quebrada parcial de espalda de Bane), pierde su fortuna, pierde a sus socios y mentores… el tipo se ve vulnerable, humano. Al fin.

También le ayuda que Heath Ledger no está en esta película robándole cámara. Sí.

Nolan repite de TDK ese ritmo acelerado, esa especie de ansiedad por contar “lo que sigue” y que trae situaciones ilógicas en el guión y que lo hace confuso, sobre todo a las audiencias “no iniciadas”. A un robo en la casa de bolsa que se antojaba espectacular (y que se resuelve muy rápidamente) sigue, casi de inmediato, la explicación exprés del origen del reactor/bomba de neutrones –con la que Bane amenazará a Gotham–, así como el trágico desenlace bursátil de Bruce Wayne. Adicionalmente, Bane parece omnipresente: se mueve de las cloacas a la junta de consejo de Wayne Enterprises con una facilidad descomunal. Además, parece estar enterado de todo, ¡hasta le da tiempo de robarse el archivo de Word del discurso que iba a decir Gordon al principio de la película, imprimirlo, sacarlo de su chamarra y leerlo ante un micrófono! * El ritmo es vertiginoso, pero suceden tantas cosas en los guiones de los hermanos Nolan que parecería que necesitan dos horas más de película para relatar la historia a un mejor ritmo.

La siguiente parte de mi rant viene a propósito de las secuencias de pelea: lentas, anticlimáticas y, para colmo, breves. Terminó esta trilogía y no recuerdo haber visto una sola madriza memorable. De las de Batman Begins ya ni me acuerdo, y en TDK, bueh, Batman ni siquiera tiene con quien pelearse sabroso –con excepción de algún thug del Guasón. ¡Pero en The Dark Knight Rises está Bane, claro! Uno esperaría algo ÉPICO. Pero esa escena nunca llega. En la primera pelea predeciblemente se suenan al Caballero de la Noche. En la segunda… pfff. De haber sabido que esos bozales para asmáticos se desconectan tan fácilmente…

A pesar de todo, para mí TDKR no es un desastre como lo fue Spidey 3 en comparación con Spidey 2. Chris Nolan le da una coherencia visual hermosa a la serie, logra conectar –en medio de sus empelotados y apresurados guiones– referencias argumentales de una manera brillante (como Gordon cayendo en cuenta de la verdadera identidad de Bruce) y cameos que no solo son incidentales sino que se integran a la perfección (amé ver a Liam Neeson y Cillian Murphy en TDKR). La construcción de Ciudad Gótica es espectacular, un salto cuántico a los sets de foamy de Tim Burton y el hielo seco y las luces neón de las mamarrachadas de Schumacher. Pedazos de Nueva York, Chicago, California, New Jersey e Inglaterra que en el cuarto de edición producen una ciudad que solo existe en la imaginación, y que es redondeada maravillosamente con el score de Hans Zimmer –que parece estar en un crescendo constante (lo cual es una paradoja). En tres películas, Nolan le dio reboot al mito de Batman como los grandes. Es imposible no respetar a Chris Nolan como un cineasta brillante, un A-list. Al menos lo es para mí.

Y así cierra la trilogía de este Batman. El primer capítulo fue lento y tortuoso, el capítulo intermedio fue el mejor (tanto que argumentalmente se sostiene sin necesidad de ver Batman Begins y puso los cimientos para TDKR) y el tercero concluyó trastabillándose, pero concluyó. El final de The Dark Knight Rises (Batman sacando la bomba de Gotham y explotándolo en el mar) me pareció chingón. Lo que siguió fue un pequeño epílogo, necesario aunque con un toque de cursilería (¿la Mansión Wayne para niños de la calle? ¿La escena en Florencia?) y el final final, con el buen Joseph Gordon-Levitt heredando la Baticueva, uy, rockeó. Lo digo desde mi corazón de fan.

*: gracias a los lectores que me hicieron notar cómo fue que Bane se hizo del discurso de Gordon. Creo que en esa parte fue cuando me paré a hacer pipí :P

Algo sobre “Valiente”

Para algunos son clichés, pero para mí son elementos esenciales de las mitologías. No es casual que el héroe mate a alguno de sus padres, sea física o simbólicamente. Zeus mata a Cronus para convertirse en el rey de los dioses. Simba debe matar en su conciencia al ya muerto Mufasa para reemplazarlo como rey de la sabana. La muerte del padre, lo que Campbell llamaba “atonement with the father” es simple y sencillamente el pretexto para que el héroe ocupe su lugar en el universo.

Quizá por eso Mérida, la heroína de Valiente, el nuevo filme de Pixar, me llame la atención: ella no es huérfana como tantas princesas de Disney —aunque una metida de pata casi la convierte en tal. Sin querer queriendo, con el fin de escapar a un casamiento arreglado, Mérida provoca que su madre tome la pócima de una bruja que la transforma en oso, encantamiento que tiene el riesgo de ser permanente.

La referencia inmediata, por supuesto, es El viaje de Chihiro. Ahí, Chihiro observa cómo sus padres son transformados en cerdos. Ella deberá sobrevivir primero, y luego pasar una serie de pruebas para regresar con sus padres. En ese proceso, sin embargo, Chihiro sufre su propia transformación. Crece. Y como los grandes personajes mitológicos, regresa de otro mundo a este mundo pero las cosas ya no son iguales. Todo ha cambiado. El secreto, sin embargo, es que ahora el héroe tiene el poder de cambiar al mundo.

Valiente no tiene nada de esto, en realidad. Es más como el reencuentro de una madre con su hija, un acercamiento, un loco fin de semana (¡como en Freaky Friday!) que las reunió de nuevo. Para Mérida no hay más en juego que su propia y privada relación con la reina: no hay un peligro de muerte inminente, no hay un villano claro, no existe el terror letal de que el reino termine desmembrado… yo qué sé. Y ya que el orden existente no está en riesgo, el resultado emocional es bastante light. Es una bonita película con bonitos visuales y bonito soundtrack, pero nunca nos hace sentir ese viejo “gulp” que acostumbra Pixar.

Por eso pienso que el mojo ha abandonado un poco a Pixar. Piensen un poco en la increíble jornada de Remi, la rata de Ratatouille que nos enseñó que “cualquiera puede cocinar”. Now that’s some serious movie filmmaking, dude.